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Cusquito 798

Prácticas que revolucionan…aprendiendo a ser educadora en el Perú

Regina Padierna Domínguez

Estudiante de la Facultad de Educación Social

Fundació Peré Tarrés

Durante estos últimos tres meses, ha habido una continua serie de sucesos que han llenado mis espacios laborales, emocionales, personales y mi vida en sí, en todos los sentidos.

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Foto 1. Complejo arqueológico de Moray. Cusco. Perú

Cuando me tomo unos minutos para reflexionar, me invade una mezcla de sentimientos alegres y tristes, y ya no sé muy bien si se me escapan las lagrimas de alegría o de nostalgia. Una parte de mí se va y deja atrás una serie de personas que se han convertido en grandes amigas y amigos, los cuales me abrieron sus brazos, dándome todo tipo de ayudas y apoyo en momentos difíciles. Estas personas, que forman parte del equipo de Pasa la Voz, usuarios y usuarias y amigas y amigos del camino del viajero, me han aportado una dosis de crecimiento personal que ya forma parte de mí, y que quedarán para siempre en mi día a día.

Es cierto que no hace falta coger un avión para colaborar en la justicia social,  defender una educación libre, gratuita e igualitaria, para ayudar a los demás, porque en todos lados se necesita ayuda, empezando por uno mismo. Asimismo, después de ayudarme a mi misma durante un año mientras realizaba el primer curso de la Gestalt, me conocí y me sentí suficientemente bien como para ayudar a los demás. Y sí, es cierto que no hace falta coger un avión, pero siempre es bonito y enriquecedor viajar lejos de tu casa, conocer otras culturas, sus raíces, costumbres, maneras de conversar, maneras de ser, su ritmo vital y sus diferentes puntos de vista sobre el mundo. Además de ver las cosas desde la distancia y con perspectiva, algo que siempre ayuda a uno mismo a valorar y replantear ciertos aspectos de la vida. En definitiva, siempre es bonito y gratificante comprobar que existen diferentes pautas de conducta que son igual de naturales que las nuestras y que, aunque actuemos de maneras diferentes y tengamos diferentes costumbres, todos vivimos debajo los mismos patrones humanos.

Desde que llegué al Perú son muchas las sorpresas, reflexiones e impactos culturales que me han llegado a pasar en tan solo un día. He podido constatar la fuerte necesidad de educación que existe a la vez que la falta de conciencia social en ver la importancia de ayudar a construir personas que puedan desarrollarse por sí mismas, que tengan una fuerte autoestima y que sean capaces de ser críticas. Por desgracia, existe, desde mi punto de vista, un mal uso de la religión y las costumbres, que son llevadas a un extremo innecesario creando injusticia social y una fuerte desigualdad de género, que es una de las principales problemáticas del país. Por lo tanto, el objetivo ha de ser el auto desarrollo de las personas, y no el frecuente asistencialismo que las rodea.

En otro ámbito de cosas, cuando al comienzo veía los precios, para mí eran muy baratos, pero a medida que fui conociendo la realidad del país esta sensación fue cambiando al darme cuenta que para los locales los productos son terriblemente costosos: lo que pueden costar dos quilos de patatas es en muchos casos lo que ellos ganan en una semana trabajando en el campo. Y así es imposible que algunas familias puedan salir adelante y, aun peor, si tenemos en cuenta la cantidad de hijos que hay en una sola familia. Entonces, una observación tan simple te hace ver la cantidad de veces que consumimos sin necesidad y el gran número de personas que trabajan innumerables horas solo para ganar dinero para consumir más y más. Y eso, sabiéndolo y todo, cuando te encuentras viviendo en un país tan diferente, hace que te des cuenta y tomes más consciencia del mundo tan desigual en el que vivimos.

En esta oportunidad que se me ha dado, también he tenido la suerte de conocer y ver que existen muchas personas que luchan día a día por la justicia social, personas con grandes valores, tolerantes y solidarias, que entregan su vida para la creación de un mundo más justo.

Con referencia al proyecto, he tenido la gran suerte de ir a parar a una asociación de profesionales donde se cree en la esperanza y se esfuerzan cada día en ofrecer un futuro mejor a todas esas personas que tienen falta de oportunidades. Todos los niños, niñas y adolescentes con los que he tenido el placer de trabajar vienen de vidas pisadas y acostumbradas a la violencia, el maltrato, los abusos, el abandono y la explotación sexual. Todos ellos han nacido en sitios desfavorecidos y para mí son supervivientes de la vida.

Por un lado, en las prácticas que he realizado, me he encontrado muchas veces con un sentimiento fuerte de injusticia cuando he podido observar como en algunas casas de acogida, donde están albergados estos niños, niñas y adolescentes, es más frecuente la vigilancia y la atención fisiológica que no las afectivas y educativas. Eso se da, principalmente, debido a que muchos de las trabajadoras y trabajadores de los centros no cuentan con una formación previa que les ayude, y a que el gobierno, como siempre, “no encuentra” los recursos económicos suficientes para estas necesidades sociales.

Por otro lado, cada día que he pasado con estos niños y niñas y, especialmente, con  las adolescentes a las que he acompañado se han ido abriendo partes de mí que hasta el momento desconocía y que ahora, de alguna manera, me ha vuelto más sensible, o mejor dicho, me ha ayudado a quitarme la máscara de persona fuerte que llevaba encima, y que ya pesaba.

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Foto2. Mural elaborado desde los Talleres de Participación de Pasa la Voz. “Recuerdos, sueños y deseos de futuro”

Ahora tengo la sensación de caminar más ligera, que no significa más feliz, sino más consciente de la realidad en la que vivimos. La alegría de sus sonrisas de luchadoras, de levantarse después de la tormenta, me aporta un alto grado de satisfacción con las cosas, unas ganas enormes de vivir al máximo día a día y de valorar todos esos pequeños detalles que nos hacen felices. Al final, no sé quien enseña más a quien, pero estoy segura que ambas partes crecen y nos volvemos todos más humanos.

Y aquí la tenemos, la cooperación humanitaria, la que me da estas pequeñas cosas que hacen que el hecho de luchar por un mundo más justo ya forme parte de mi vida.

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